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Liberarnos de las Fronteras

Por: Francisco Antonio Martin Buitrago

Liberarnos de las Fronteras

Libertad. En el trascurso de la historia hemos presenciado como un país tras otro, una cultura tras otra, se enzarzaban en guerras, batallas, y todas ellas en nombre de la Libertad. Nada aborrece más la naturaleza humana que sentirse oprimida por una fuerza que se escape a su control y que ponga límites a la libertad del individuo. Pero ¿cuál es el origen de esta necesidad de libertad? ¿Cómo llegamos a ser libres o cómo estar seguros de que realmente lo somos?
El mismo concepto de libertad entraña la necesidad de sentirnos liberados de algo. Es preciso que exista un “nosotros” y un “ellos”: los buenos y los malos. ¿Y qué hacemos entonces? Empezamos a trazar líneas y a crear fronteras, que seguramente empezaron como territorios: se hace aparecer una línea imaginaria sobre el suelo y todo lo que queda dentro de ella es mío o de mi tribu, mientras que todo lo que queda fuera de ella es lo ajeno. Pasan los años y con el tiempo llegan las ciudades, los estados, las naciones. Todos ellos con sus fronteras, imaginarias, pero bien trazadas.
También las religiones evolucionaron, y también ellas se aficionaron a levantar barreras. Barreras cimentadas sobre creencias. Si crees en esto o aquello, si procedes de tal o tal manera, entonces, quedarás dentro de los confines de nuestra religión. Y si no, quedarás fuera. Tantas religiones y todas ellas fueron creando su propio espacio desde donde ninguna se mostró particularmente tolerante con las demás.
Dentro de esas fronteras que hemos inventado, existe una ampliamente aceptada por todos y a la que, sin embargo, rara vez consideramos imaginaria. “Yo soy todo lo que se encuentra dentro de los confines de mi piel; todo lo que está fuera de ella no forma parte de mí”. Ésta se trata de una idea ampliamente extendida, y nos veríamos en aprietos si tuviéramos que encontrar a alguien en la calle que pensara lo contrario. Después de todo, es algo tan obvio ¿verdad?
No pocas tradiciones místicas dirían que no se trata de algo tan obvio; sin embargo en vez de fijarnos en ellas, veamos qué tienen que decirnos la física moderna y la Teoría Cuántica al respecto. A principios del siglo XX, los científicos consagraron sus investigaciones a la búsqueda del componente básico sobre el que se sustenta todo el universo. La partícula más diminuta en el interior del átomo a partir de la cual se construye toda la materia. Había un clima de confianza y optimismo tras años llenos de avances, y tenían todo el instrumental – el más potente de los microscopios – para descubrir esta partícula infinitamente pequeña.
Lo que encontraron fue toda una sorpresa, tal y como expresó un científico “fue como si uno se levantara un buen día ¡y encontrara que tiene, en vez de una mano, la pinza de una langosta!”. Se habían dado cuenta de que ese componente esencial, la unidad más diminuta de la materia y a partir de la cual todo se construía, no existía. Sencillamente no había tal cosa. La existencia es una sucesión de infinitas posibilidades y todas ellas se entrelazan, se interconectan. La existencia no es divisible, no conoce límites, no tiene fisuras. No tiene fronteras. Los átomos y moléculas que pensamos que existen en estado sólido conformando nuestro cuerpo físico, realmente no tienen ningún tipo de adherencia y se encuentran mezclándose libremente, con toda clase de átomos y moléculas, en el exterior de lo que denominamos nuestro cuerpo. Es más, existe una teoría científica conocida como “efecto mariposa” que afirma que si una mariposa estornudara en Marte, aquí, en la Tierra, sentiríamos los efectos.
Y si así es como ocurren las cosas, ¿por qué entonces no lo percibimos de esa manera? La Cabalá auténtica nos dice que en realidad podemos sentirlo, lo que ocurre es que aún no nos hemos familiarizado con esa conexión. No la reconocemos. Todos los problemas actuales en el mundo – crisis financiera, las manifestaciones de violencia, las depresiones o el consumo de drogas – son el resultado de esa lucha que libra la humanidad contra su conexión. Y el hecho de que no alcancemos a entender esas leyes que rigen nuestra interconexión, hace que no seamos conscientes de lo que supone quebrantarlas. Sabemos que la ley de la gravedad nos haría caer al suelo si saltáramos por una ventana, y este resultado lo aceptamos como algo inevitable. Con las leyes que rigen los sistemas interconectados debemos alcanzar el mismo nivel de comprensión, sólo de ese modo llegaremos a ser conscientes de las consecuencias derivadas de su transgresión.
Durante miles de años, la Cabalá nos ha explicado que la existencia consiste en Unidad y que todos nosotros estamos interconectados del mismo modo que están conectados los órganos con el cuerpo al que pertenecen. Esta conexión constituye la ley principal de la Naturaleza. El estudio de la Cabalá se lleva a cabo desde un enfoque científico y metodológico que va a entrenarnos en el desarrollo de los sentidos para captar las leyes que rigen un sistema interconectado. Una vez adquirida la comprensión de estas leyes, podremos encontrar la manera óptima de trabajar con ellas en beneficio de todos. Y dejaremos de saltar desde un edificio de diez plantas creyendo que no caeremos al vacio. Detendremos las dolorosas consecuencias de nuestros actos. Sabremos en qué consiste realmente la libertad.

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